La ansiedad forma parte de la experiencia humana y, en dosis adecuadas, puede ser útil para protegernos. Sin embargo, cuando se intensifica y nos desborda, puede convertirse en una fuente de malestar que limita nuestra vida cotidiana. En este artículo exploramos qué es, cómo se manifiesta y de qué manera la terapia puede ayudarte a gestionarla.
Lic. Ps Marlene Schneider Móttola
20 de octubre de 2025

La ansiedad es una respuesta natural del organismo ante situaciones que percibimos como amenazantes o inciertas. Es una señal de alerta que prepara nuestro cuerpo y nuestra mente para actuar. En ese sentido, no es algo malo en sí misma, es una necesaria para la supervivencia y el rendimiento diario.
Por ejemplo, sentir ansiedad antes de una entrevista laboral o de una exposición importante puede ayudarnos a concentrarnos, a prever posibles dificultades y a dar lo mejor de nosotros. Esa “dosis funcional” de ansiedad es parte de un sistema adaptativo que nos mantiene atentos y preparados.
La dificultad aparece cuando la ansiedad se presenta de manera excesiva, constante o desproporcionada frente a la situación que la genera. En esos casos, deja de ser una aliada y comienza a interferir con nuestra vida cotidiana.
Algunas personas sienten una preocupación continua por el futuro, otras experimentan síntomas físicos intensos o pensamientos que parecen imposibles de detener. La mente se acelera, el cuerpo reacciona y se genera una sensación de pérdida de control.
Aunque varía en cada persona, algunos síntomas comunes pueden incluir:
Palpitaciones o aumento del ritmo cardíaco
Sudoración, temblores o sensación de ahogo
Náuseas o molestias estomacales
Tensión muscular
Miedo, frustración o sensación de peligro inminente
Dificultad para concentrarse
Conductas de huida, evitación o congelamiento ante ciertas situaciones
Estos síntomas pueden manifestarse tanto en el cuerpo como en los pensamientos. La ansiedad no solo “se siente”, también se piensa y se interpreta.
Vivimos en una sociedad que constantemente nos exige rendimiento, inmediatez y control. Esa presión puede generar un estado de alerta casi permanente, donde la mente no logra descansar. La ansiedad se ha convertido en una de las consultas más frecuentes en el ámbito psicológico.
Además, experiencias de vida difíciles, factores biológicos y estilos de pensamiento rígidos o catastróficos pueden contribuir a que se mantenga o intensifique con el tiempo.
La terapia cognitiva es un enfoque psicológico que enseña a identificar y modificar los pensamientos, creencias y actitudes que influyen en nuestras emociones. Parte de una idea fundamental: la manera en que pensamos afecta la manera en que sentimos y actuamos.
A través de este proceso, se trabaja para:
Reconocer los patrones de pensamiento que alimentan la ansiedad.
Reemplazar creencias negativas por interpretaciones más realistas y equilibradas.
Aprender técnicas de relajación y manejo del estrés.
Recuperar la sensación de control sobre el propio cuerpo y la mente.
Con el acompañamiento adecuado, es posible comprender la ansiedad, disminuir su intensidad y transformar la relación que tenemos con ella.
Sentir ansiedad no significa “estar roto” o “ser débil”. Significa que tu mente está intentando protegerte, aunque lo haga de una forma que a veces resulta abrumadora. Buscar ayuda es un acto de cuidado y responsabilidad con vos mismo.
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